Y de cómo el CORAZÓN se convirtió en el centro de la vida y la espiritualidad del hombre

 

Ricardo Zalaquett S.
Y de cómo el corazón se convirtió en el centro de la vida y de la espiritualidad
del hombre

http://escuela.med.puc.cl/publ/ArsMedica/ArsMedica14/IndiceArMedica14.html

Resumen

Si bien pudiera parecer que desde siempre el corazón fue el centro de la vida y de la espiritualidad del hombre, esto no es exactamente así. A lo largo de la historia, debió competir con otros órganos por esta posición. Su primer competidor fue el hígado, especialmente en Babilonia. Para los babilonios, el hígado, una masa grande, inmóvil en la cavidad abdominal, era el órgano ideal para que los dioses hicieran saber el futuro. Sin embargo, los egipcios eligieron al corazón como el órgano central de la vida y asiento del alma y le atribuyeron toda clase de facultades. En Israel, es el pulmón donde radica la vida. La característica de este no son las palpitaciones, sino la respiración. Dios crea a Adán soplándole Su aliento en la nariz. Pero el competidor más serio fue el cerebro. Los filósofos y médicos griegos van a discrepar, dando origen a una larga controversia. La discusión se termina con Aristóteles, quien afirma que, al igual que el mundo tiene un punto central, también el hombre lo tiene, y este es el corazón. Y así es hasta cinco siglos más tarde, en que Galeno vuelve a sostener que la vida mental y espiritual del hombre se asienta en el cerebro. Sin embargo, hasta hoy, hombres y mujeres siguen sintiendo que su espíritu habita en el corazón y que el centro de la vida es el corazón, puesto que el corazón simboliza lo más propio del hombre, el amor.

palabras clave: corazón; espiritualidad; amor.

HOW THE HEART BECAME THE CENTER OF LIFE AND SPIRITUALITY OF MAN (and the other organs with which it had to compete along history for this seat)

Though it could seem that the heart has always been the center of life and spirituality of man, this is not exactly so. Along history the heart had to compete with other organs for this position. Its first competitor was the liver, specially in Babylonia. For the Babylonians, the liver, a big, immobile mass in the abdominal cavity, was the ideal organ for the gods to make the future known. On the other hand, the Egyptians chose the heart as the central organ of life and seat of the soul, and attributed to it all kinds of faculties. In Israel the lung was the site where life took root. The distinctive features of life were not the throbs but the breathing. God created Adam blowing His breath into Adam’s nose. But, the most serious competitor was the brain. The Greek philosophers and physicians had different opinions, giving origin to a long controversy. The discussion was settled by Aristotle, who stated that as the world has a central point, man also has one, and this is the heart. This remained so for five centuries until Galen declared that the brain is the seat of mental and spiritual life of man. However men and women up to today continue feeling that their spirit inhabits in the heart and that the center of their life is the heart, since it symbolizes love, an inherent faculty of man.

Key words: heart; soul; love.

En esta monografía intentaremos responder, podríamos decir, desde un punto de vista histórico y filosófico, dos grandes preguntas en cuanto al corazón:

Pregunta Nº 1. ¿EN QUÉ MOMENTO EL CORAZÓN SE CONVIRTIÓ EN EL CENTRO DE LA VIDA Y DE LA ESPIRITUALIDAD DEL HOMBRE?

Pregunta Nº 2. ¿CON QUÉ OTROS ÓRGANOS DEBIÓ EL CORAZÓN COMPETIR A LO LARGO DE LA HISTORIA POR ESTE SITIAL?

Si bien algunas pinturas rupestres prehistóricas de animales contienen manchas cordiales que pueden ser interpretadas como la intención de los artistas primitivos de representar el corazón, como las que se encuentran en las cavernas de Altamira y Lascaux, es muy dudoso que para estos hombres prehistóricos el corazón haya representado efectivamente el centro de la vida y de los sentimientos del hombre.

Igualmente, en la América antigua, los sacrificios humanos efectuados por algunos grupos primitivos, como los Aztecas y antes los Mayas, en que el corazón era extraído en un ritual para ser devorado por el oficiante, representaran probablemente solo ideas mágicas asociadas al canibalismo, en el sentido de extraer de la víctima toda su fuerza vital. Pero esto no era por el corazón mismo, sino seguramente por una asociación primitiva de pensamientos, en el sentido de que en el centro del pecho se encontraba un órgano grande, que no se sabía qué función realizaba y para el que se necesitaba un buen cuchillo de piedra para arrancarlo. Era esta fuerza la que se pretendía incorporar a uno. La fuerza del corazón, para estos pueblos primitivos, no estaba relacionada con el individuo ni con la duración de la vida. La fuerza del corazón es entonces para ellos una fuerza que es transmisible de hombre a hombre, de los animales al hombre. Así, quien se come el corazón de un león se vuelve tan fuerte como un león. Quien devora el corazón de un enemigo dobla su fuerza y se torna más fuerte que todos sus contrarios.

En los cinco continentes aparecieron grupos o tribus que se comían el corazón de sus contrincantes.

Sin embargo, antes de que el corazón se convirtiera efectivamente en el centro de la vida y de la espiritualidad del hombre, otros órganos compitieron seriamente con él por este sitial de honor de la historia de la humanidad1.

la aparición del hígado en la historia

Si bien en la epopeya babilónica de Gilgamesh hay claras referencias al corazón como fuerza de bondad y transigencia, en especial en la iniciación amorosa de Enkidu por la hetaira del Templo de Ishtar, en ninguna cultura antigua se valora más al hígado como centro de la vida que en Mesopotamia.

Así, aunque los médicos y sabios de Babilonia sabían que el corazón es decisivo para la vida en sentido físico y estaban convencidos de que una herida en el corazón ocasionaba la muerte instantánea, otra cuestión era si el corazón era el asiento del alma.

Los babilonios estaban fuertemente inclinados a lo material y lo práctico. La filosofía no era su fuerte. Incluso todo lo relacionado con la muerte, de qué forma se separa el alma del cuerpo, si con el último aliento o de forma inmaterial, no les interesaba demasiado.

Sin embargo, siempre había una importante razón para preguntarse en qué órgano se encontraba anclada con más fuerza la potencia vital y también el alma, pues era de admitir que los dioses volvieran sus ojos hacia este órgano y dejaran conocer por él cómo sería el futuro de los hombres. Para los babilonios, el corazón parecía poco apropiado para este fin. Del corazón provenían ciertamente sentimientos y emociones, estados de ánimo, pero el corazón era más bien un reflector que un motor. Reflejaba lo que del exterior entraba en el hombre, no cómo era este por dentro y aun menos lo que le aguardaba.

El corazón, con sus latidos, era para ellos demasiado voluble, fácil de influir. Tampoco exteriormente nada hablaba a su favor. Claramente, para los babilonios, el hígado era el principal de los órganos internos: una masa grande, dura, llena de sangre, inmóvil en la cavidad abdominal de animales y hombres.

Esta creencia de que el hígado era el asiento de la vida y de todas las altas propiedades anímicas, no era exclusividad de los babilonios. Ya entre los antiguos pueblos cazadores, muchos daban una significación mayor al hígado que al corazón.

Sin embargo, si bien algunos etnólogos y arqueólogos opinan que originalmente se ha considerado siempre en todas partes al hígado como el asiento de la vida y solo mucho más tarde le ha disputado el corazón este lugar de honor, esto no puede ser aceptado tan fácilmente. Si bien no cabe duda de que fuera así en Mesopotamia, en Egipto se consideraba al corazón, ya desde varios siglos antes de Cristo, el centro de la vida anímica, al que le correspondía un importante significado después de la muerte.

¿Por qué la diferencia entre estas dos antiguas culturas y por qué se mantuvo por largo tiempo? Es probablemente tan solo una de las muchas interrogantes que ha producido la coexistencia de culturas regionales. Por ejemplo, ¿por qué los babilonios calculaban por el sistema sexagesimal y los egipcios por el decimal?

Una explicación racionalista al respecto podría darla la medicina. Ni en Babilonia ni en Egipto faltan los documentos médicos. Sin embargo, no hay nada que permita explicarlo en forma segura. Tal vez, para los babilonios el hígado era el asiento de la vida, porque se le consideraba la gran fuente sanguínea, de la que se alimentaba todo el cuerpo2.

Así, solo existen explicaciones a esta disyuntiva histórica que podrían llamarse “filosóficas”, como las que ofrece Richard Lewinsohn, en su libro Historia Universal del Corazón, en el cual basamos en parte esta discusión3.

Lewinsohn considera que la preferencia de los babilonios por el hígado se corresponde con la actitud espiritual de estos, a quienes considera en este sentido superficiales y a los que, según él, no complacía meterse en honduras. Para ellos, el hígado era fácil de encontrar y de separar de las demás entrañas, estaba claramente delimitado, resultaba fácil de investigar, constituía una masa compacta, etc. En definitiva, no tenía nada de misterioso.

El corazón, por su parte, era un órgano interno, en el verdadero sentido de la palabra. Yacía escondido. Su conformación era tremendamente complicada. Contenía cavidades y toda clase de ventrículos, tabiques y venas, cuyo objetivo no podía explicarse. Estaba lleno de misterio, y los egipcios siempre andaban buscando los misterios. Les interesaba más lo que yacía en el fondo que lo que se encontraba en la superficie. Levantaban pirámides imponentes para esconder en ellas reducidas cámaras mortuorias. Para ellos, de modo parecido se habían comportado los dioses al colocar el corazón en el pecho de los hombres: lo esencial, la fuente de la vida y la fuerza vital, el espíritu mismo, debía yacer muy dentro, como en un escondrijo.

También el latir del corazón hacía a los egipcios una impresión mucho más fuerte que a los babilonios. Para los egipcios, los latidos del corazón tenían algo fascinante. En esto, el corazón se diferenciaba de todos los demás órganos corporales. El pulso era para los egipcios “el lenguaje del corazón”, y solo los dioses saben lo que dice el corazón4.

Había, además, una tercera y muy importante diferencia: en Babilonia el interés se centraba en el hígado de los animales. En Egipto, el interés era por el corazón humano. Esto puede parecer sorprendente, puesto que en Egipto tenía el culto a los animales mucha mayor significación que en Babilonia. Sin embargo, si bien en Egipto los cadáveres de animales eran embalsamados y vendados tan cuidadosamente como los de los hombres, los corazones de los animales no se conservaban por separado, como ocurría con los corazones humanos.

En Babilonia sucedía con el hígado todo lo contrario. Los hombres eran sepultados con todo cuidado, pero no eran diseccionados para ser embalsamados. Por lo mismo, el hígado humano no era bien conocido por los babilonios. Lo que estos conocían era el hígado animal, específicamente el de carnero, al que se le consultaba el futuro.

Esta predicción del futuro por el hígado del carnero, y no de otro animal, la llamada “hepatoscopia”, se extendió por el mundo antiguo y se mantuvo por tres milenios, a lo menos, y se refirieron a esta Platón, Cicerón y Porfirio, entre otros.

El único país de la Antigüedad que ignoró la capacidad de predicción futurista del hígado, y en el que no se dio a este ningún significado de culto, fue Egipto.

Los egipcios eligieron al corazón como el órgano central de la vida y asiento del alma inmortal y le atribuyeron toda clase de facultades, en especial aquellas que no podían explicarse de otro modo.

Para los médicos egipcios, el corazón era la fuente de todos los líquidos que circulan en el cuerpo y de los que el cuerpo expulsa. No solo la sangre, sino también la mucosidad, el semen, la orina.

También en lo que podría llamarse en la actualidad “psíquico” o “mental”, era el corazón para los egipcios omnipotente. Podría traicionarles al momento de ser juzgados por el juez de la muerte. De aquí que en el Imperio Antiguo se extrajera el corazón y en su lugar se pusiera sobre el pecho un escarabajo, el signo del dios del sol, con inscripciones como las que se leen en el Papiro de Ani:

“¡Oh corazón que he recibido de mi madre! ¡Oh corazón que he recibido de mi madre! ¡Oh corazón perteneciente a mi ser! No te vuelvas contra mí como testigo, no me prepares ninguna contradicción con el juez, no te opongas a mí frente al maestro de la balanza. Eres mi espíritu que se encuentra en mi cuerpo…, no permitas que se manche nuestro nombre… ¡No digas ninguna mentira contra mí cuando estemos ante el dios; solo bien es lo que tú debes oír”.

Así, los egipcios tenían que ganarse la “gracia” del corazón. Había que conservar el corazón. Ya en los antiquísimos libros de la muerte se incluían nada menos que cinco capítulos acerca de la conservación del corazón. Sin corazón se encontraba el muerto perdido, por tanto, había que preocuparse, sin remedio, de que se encontrara en buenas condiciones cuando tuviese que responder ante Osiris, el juez de los muertos5.

la aparición del pulmón en la historia

Entre Babilonia y Egipto se encuentra Israel. La historia israelita, que comprende el Antiguo Testamento, comienza y termina en Mesopotamia.

Ahora, si bien hay evidencias ya desde comienzos del siglo XIX de que el Antiguo Testamento, al menos en parte, estaba inspirado en literatura babilónica más antigua, en cuanto a la preponderancia de los distintos órganos internos, como fuerza vital y asiento de la espiritualidad del hombre, no hay influencia babilónica en el Antiguo Testamento a este respecto.

Seguramente, llegaron pronto los judíos a considerar al corazón como asiento del alma. No puede demostrarse que tomaran esta creencia de los egipcios. Hay sí una diferencia fundamental entre ellos. Para los egipcios, el alma se encuentra estrechamente unida al corazón físico. Son casi idénticos.

Para los judíos, por el contrario, no le corresponde al corazón, como órgano físico, ninguna significación importante. Solamente en escasas ocasiones se le menciona en el Antiguo Testamento en un sentido puramente corpóreo, como en la muerte de Absalón, el hijo rebelde del rey David, por Joab, quien a este le clavó tres venablos mortales en el corazón.

Para los judíos, no es el corazón el órgano que produce y mantiene la vida. Los judíos, como muchos pueblos naturales y, también, como los antiguos griegos, son “pneumáticos”, es decir, la verdadera característica de la vida no son las palpitaciones cardíacas, sino la respiración, el pneuma. Así, Dios no creó a Adán introduciendo su corazón en el modelo de barro del que hizo a Adán, como nosotros hubiéramos esperado, sino soplándole su aliento en la nariz: “Y así se convirtió el hombre en alma viva”, dice el Libro del Génesis6.

Creado el hombre, al final este exhala su último aliento, se separa así de su alma, a pesar de que su corazón pueda seguir latiendo por largos minutos.

No obstante, ocupa el corazón un amplio espacio, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Es el portador de todos los impulsos afectivos y en consecuencia el símbolo del carácter individual. El corazón mismo carece de cualidades fijas. Recibe sus cualidades a través del alma que se encuentra en el hombre. Si el hombre es bueno, tiene un buen corazón; si es malo, tiene un mal corazón. Dice Moisés en el Libro del Deuteronomio: “Meted en vuestro corazón todas las palabras que hoy os he pronunciado y enseñádselas a vuestros hijos…”7.

Ya que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, no resulta nada extraño que también Él tenga un corazón. Huelga decir que su corazón está lleno de bondad y sabiduría, pero a menudo se relata en la historia bíblica que el corazón de Dios siente alegría y pesar, igual que un corazón humano.

Así, por ejemplo, en el relato del diluvio se cuenta que viendo Yavé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra y que su corazón no tramaba sino aviesos designios todo el día, se arrepintió de haber hecho al hombre en la tierra, doliéndose grandemente en su corazón, y dijo: ‘Voy a exterminar al hombre que creé de sobre la haz de la tierra, y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa haberlos hecho’8.

Sabido es que, sin embargo, Noé halló gracias a los ojos de Yavé, y después de no haber zozobrado en el diluvio universal, su arca se asentó sobre los montes de Ararat, el día veintisiete del séptimo mes. Luego de desembarcar, cuando la tierra ya estaba seca, Noé agradeció a Dios. Dice el Libro del Génesis:

Alzó Noé un altar a Yavé, y tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció sobre el altar un holocausto. Y aspiró Yavé el suave olor, y se dijo en su corazón: “No volveré ya más a maldecir a la tierra por el hombre, pues los deseos del corazón humano, desde la adolescencia, tienden al mal;…”9.

Y, así, hemos podido llegar hasta nuestros días, a pesar de que en el corazón del hombre se asiente el mal sin solución.

Si bien con el correr del relato bíblico la visión del corazón cambia y comienza a ser el asiento de las facultades espirituales, la inteligencia, la memoria, la imaginación, y, sobre todo, el asiento del sentimiento religioso, la devoción y la fidelidad al credo, en el Nuevo Testamento es de nuevo el corazón temporalmente asiento del mal. Así, en el Evangelio de San Marcos, dice Jesús: “¿Con que también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de afuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en el corazón, sino en el vientre y es expelido a la letrina?”, dando de paso, Jesús, así, una lección de fisiología digestiva, y continúa:

Porque de dentro, del corazón de los hombres, proceden las intenciones malas, los pensamientos malos, las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, las impurezas, la envidia, la blasfemia, la altivez, la insensatez. Todas estas maldades del corazón del hombre proceden y manchan al hombre10.

En el Evangelio de Mateo, Jesús cita a Isaías en relación con la pureza exterior y la interior y dice: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; en vano me rinden culto, enseñando doctrinas que son preceptos humanos”11.

Así, en el Nuevo Testamento, el corazón no es un símbolo del bien. Tampoco es un símbolo del amor, ni del Eros ni del Agape, ni del amor sensual ni del amor divino. Cuando San Pablo en la Epístola a los Corintios afirma: “Creer, esperar, amar, estas tres cosas: pero el amor es la más grande entre ellas”, no hace ninguna referencia al corazón12. Por otra parte, en el Nuevo Testamento no se hace mención al Sagrado Corazón de Jesús ni al Venerado Corazón de María. Tomará algunos siglos para que esta simbología divina adquiera el significado de nuestros días.

la aparición del cerebro en la historia

En Grecia, la preeminencia del corazón sobre el hígado, y viceversa, varía según las épocas. Para Homero, el corazón es claramente el asiento de las sensaciones y de la voluntad, así como de las excitaciones y de las facultades mentales, del entendimiento e incluso de la memoria. Sin embargo, posteriormente, en el siglo VI a.C., bajo Solón, el gran legislador y reformista ateniense y, en especial, en el V a.C., el hígado y las predicciones a través de la hepatoscopia adquieren nuevamente preeminencia sobre el corazón.

Pero en esta misma época se inicia en Grecia la disputa seria sobre la localización del alma13. El motivo lo había dado ya con anterioridad Anaxágoras, quien afirmaba que en la estructura del mundo se da junto a una base material también un principio espiritual. A este “principio espiritual” Anaxágoras lo llama nous�

Sin embargo, los griegos no podían imaginarse nada espiritual que no tuviera un asiento en algún lugar del cuerpo. Por esto, la localización del nous constituyó para ellos una cuestión cardinal, en cuya solución tomaron parte todas las grandes mentes. No los sacerdotes de la Grecia antigua, sino los médicos y naturalistas, que, según se creía, debían saber mejor que nadie qué órgano estaba más facultado para servir como asiento del alma y, especialmente, como asiento de las facultades mentales.

Un discípulo de Pitágoras, Alcmeón de Crotona, habría expuesto por primera vez la peregrina idea de que el entendimiento, que él homologaba al nous, no se encontraba en el corazón ni en el hígado, sino en la cabeza, en la masa blanda y gris que todo hombre tiene dentro del cráneo. Ahora bien, los pitagóricos eran, como es bien sabido, fantasiosos y revolucionarios, y para la mayoría de los médicos griegos de ese entonces el cerebro no era un órgano, sino un relleno o una derivación de otro órgano. Ni siquiera tenía su propio nombre. Se le denominaba egkephalos, es decir, lo que se encuentra en la cabeza. La misma palabra se usaba para el meollo de las palmeras.

Sin embargo, en los tratados hipocráticos se hizo profesión de esta nueva teoría, si bien lo que aportó en su defensa no era más convincente que lo que los otros partidarios de la teoría del cerebro proclamaban: a saber, que pensando se producen dolores de cabeza o que el entendimiento no puede trabajar adecuadamente cuando a uno le zumba el cráneo. En este sentido, primó la reverencia por la autoridad hipocrática.

Más tarde, Demócrito planteó que el alma estaba compuesta, como todo en la naturaleza, de partículas. En este caso, de átomos extremadamente finos y ligeros, que se movían a velocidad extraordinaria, atravesando todo el cuerpo. Posiblemente, estos átomos del alma se desplazaban por las cuerdas nerviosas que salían del cerebro, lo que parecía más probable a que el alma ocupara las venas, como suponía una teoría cardíaca o hepática.

Que el alma, el nous, permaneciera inmóvil y aislada en el hígado era menos creíble. Los actos de la voluntad, los sentimientos, las consideraciones y decisiones del alma tenían que ser transmitidas de alguna manera a las partes del cuerpo que habían de expresarlas. Igualmente, era necesario que las percepciones que vienen del exterior y que llegan a través de los órganos hasta el lugar en que se asienta el alma y despiertan en ella distintos sentimientos pudieran, en primer lugar, llegar hasta allí.

Así, el punto clave de la discusión en ese momento fue si los mandatos del alma se repartían a través de las cuerdas nerviosas o a través de los conductos sanguíneos. En esta disputa, el corazón y el hígado, antiguos rivales sobre la localización del alma, se alineaban ahora del mismo lado, pues ambos estaban cohesionados por la sangre.

Ya que los médicos de la antigua Grecia no lograban un acuerdo, decidieron los filósofos. Platón propuso un compromiso: el alma inmortal se encuentra en la cabeza. El alma mortal, que comprende los pensamientos puramente racionalistas y los sentimientos, tiene su asiento en el corazón, y las propiedades psíquicas inferiores, principalmente los apetitos sensuales, provienen del hígado.

Su discípulo, Aristóteles, sabiamente, desechó esta división. Para este, el alma del hombre es un todo, solo puede, por tanto, estar anclada en un lugar del cuerpo y, precisamente, en el corazón, que es para Aristóteles el órgano más importante, del que todos los demás órganos dependen.

Aunque esto puede parecer sorprendente y paradójico, proviniendo de quien precisamente se había rebelado contra su maestro, en la teoría del alma, Aristóteles es un muy platónico, que se mueve en el mundo de las ideas puras.

Para Aristóteles, el alma es al hombre entero e indivisible. Al igual que el mundo tiene un punto central, también el hombre tiene un punto central, del que todo sale, y este es el corazón y solo el corazón. Además, el alma no puede asentarse en el cerebro, pues el cerebro es un órgano frío y el alma y la vida, que son en el fondo lo mismo, necesitan calor, el calor del corazón.

De la anatomía comparada, Aristóteles saca, además, un nuevo argumento a favor del corazón y contra el cerebro: a saber, los animales invertebrados no tienen cerebro, pero todos los animales tienen corazón. Independientemente de lo inexacta de esta afirmación, Aristóteles incurre, además, en una contradicción lógica. Pues ¿por qué no habrían las características intelectuales, que son propias del hombre, y, hasta cierto punto, de los animales superiores, de tener su asiento en un órgano que solo poseen estos seres vivos, a saber, el cerebro? Pero esto sería contradictorio con la tesis básica de Aristóteles de la indivisibilidad del alma. Así, pues, ha de ser el corazón y solo el corazón el asiento del alma, como órgano común a todos los seres vivos.

Aristóteles infligió de este modo una seria derrota a la teoría del cerebro, triunfando con su teoría de la omnipotencia del corazón. Hipócrates había muerto ya y entre sus discípulos no había ninguno que pudiera medirse con un genio como Aristóteles, quien si bien no era médico, era, sin embargo, un biólogo de primer orden.

Así, el corazón en la Grecia y el mundo aristotélico en general, lo era todo: entendimiento, sentimiento, voluntad, cualidades elevadas y apetitos sensuales, valor y vacilación, amor y odio, alegría y dolor, todo, absolutamente todo, se encerraba en el corazón14.

Y así fue, hasta cinco siglos más tarde, en que Claudio Galeno, el gran médico griego nacido en Pérgamo y fallecido en Roma, y cuyo pensamiento médico, para mal de muchos, dominó toda la Antigüedad hasta avanzado el Renacimiento, declaró, como un dogma, horror de horrores, que la vida mental y espiritual del hombre se asienta en el cerebro y no en el corazón.

Pero una cosa es declarar con el seso y otra, muy distinta, sentir con el corazón, y ¿quién no siente que su espíritu habita en su corazón? ¿Quién no siente que el centro de su vida es su corazón? ¿Quién así no siente? Porque desde siempre, y para siempre, el corazón simboliza la manifestación más propia del espíritu del hombre, esto es, el amor, el amor divino, el Agape y el amor humano, el Eros.

 

citas

1 Lewinsohn R. Historia universal del corazón. Aguilar S.A., Madrid, 1962.

2 Allen J.P. The art of medicine in Ancient Egypt� The Metropolitan Museum of Art. New York, 2005. 3 Lewinsohn R., óp. cit.

4 Allen J.P., óp. cit.

5 Wasserman J. The Egyptian Book of the Dead. Chronicle Books LLC. San Francisco, 1998.

6 Nacar E., Colunga A. Sagrada Biblia. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid 1971. Gén 2, 7.

7 Nacar E., Colunga A., óp. cit., Dt 32, 46.

8 Nacar E., Colunga A., óp. cit., Gén 6, 5-8.

9 Nacar E., Colunga A., óp. cit. Gén 8, 21.

10 Nacar E., Colunga A., óp. cit., Mc 7, 18-23.

11 Nacar E., Colunga A., óp. cit., Mt 15, 8.

12 Nacar E., Colunga A., óp. cit., I Cor 13.

13 Lewinsohn R., óp. cit.

14 Boyadjian N� El corazón: Historia, simbolismo, iconografía y enfermedades. Editorial ESCO. Antwerpen, Bélgica 1980.

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